Té con Cobos

En aquel tiempo no tan lejano en que se reunió el Campo con el Gobierno a los fines de limar asperezas se pensó traer una amoladora de titanio de la Nasa una amiga que tengo en el Gobierno me susurró que el edecán, quien goza de un alto sentido del humor había dicho: ¿Julito Cobos no vino?. Enseguida Cristina viajó al acto de mando de Lugo en el Paraguay y fue el mismo funcionario quien sugirió empacar el sillón de Rivadavia en el avión por las dudas alguien se lo quedara. Repitió la idea cuando Cristina viajó a China. Pasaron meses, declaraciones, y la cara de tujes apretado del vice lloroso apareciendo hasta en las propagandas de yogurt porque nadie lo invitaba a ningún ágape, asado criollo o partido de metegol. Menos aún para el velorio de Néstor.
Entonces la Primera Dama, a instancias del Jefe de Gabinete, quien movía el bigotazo con denuedo, anunció que se haría un "huequito" para poder atender al disidente que estaba ya arribando a Casa de Gobierno como un novio solícito. Un impermeable desusadamente grande le empequeñecía su magro cuerpo al descender del coche.
¿Chaleco anti balas tal vez?, le espetó un guardaespaldas. Otro oficial lo palpó amablemente.
Es por si trae otro "NO"-, deslizó feliz con la ocurrencia. Cleto pidió un traductor no presumía un diálogo claro con la presidenta y alguien que le pruebe la bebida. Ambas cosas fueron descartadas con un guiño: Tranquilo, macho, le apostrofó el edecán. Ves mucho Discovery Channel sobre la vida de los romanos.
Luego, por el pasillo le recordó al pasar aquel jugador de River, Poncio de apellido y amablemente lo invitó al toilette por si quería lavarse las manos. Tuvo un viaje largo, se permitió aclararle. Imperturbable Julio admitió la sorna y le firmó un autógrafo a un granadero quien ni lo tocó.
¿Ven? dijo Cobos, con aire de fingida paranoia. Acá me hacen el vacío. Y se rió sonzamente buscando complicidad. Nadie le festejó nada. El mismo edecán le dió un empujoncito leve a la altura de la cintura para que caminara más rápido y la comitiva arribó al salón donde una Cristina hablando por teléfono a la vez que se pintaba las uñas, un Ministro del Interior absorbido en una batalla naval con Nilga Garré fueron la escena que preponderaba. Saludaron sin mirar. Llegó el té. Amable, el Vice dio el pésame e invitó a la Presi a beber primero y como un prestidigitador le ofreció su taza por aquello del envenamiento y otras postales que Cleto consumía asesorado por Lilita Carrió.
"Es el único hombre que me hizo esperar toda una noche", se sorprendió la Presi recordando aquel cuadro lamentable de la 125 y la decisión timorata del presente. "Yo le voy a dar la sección Mantenimiento de Excusados, otra que ingerencia", murmuró por lo bajo para que el Ministro del Interior la oyese. Ja, como si no la hubiese tenido, le contestó Randazzo mientras le cantaba "A 8" a la Ministra de Defensa, que obviamente, se defendía. Averiado, contestó señalando con el mentón al funcionario desempatador. Luego desde unos parlantes se oyeron los acordes de "Solo le pido a Dios" justo en el renglón que dice "si un traidor puede mas que unos cuantos que esos cuantos no lo olviden fácilmente".
Editado, sonaba una vez tras otra. Ay, fíjense que se quedó enganchado, debe estar rayado, soltó Cris a un secretario técnico. Tomada, recién ingresado y de buen humor jugaba con Boudou a las palabras cruzadas.
Persona débil, fácil de olvidar promesas, incompetente y peligrosa. A ver, che ¿cuántas letras? Siete y empieza con trai-contestó el Ministro de Trabajo. Basta chicos, dijo Cris retándolos. !No ven que estoy con gente!. Sí ¿decía usted?, alargó expectante Cleto. Por los altoparlantes se oía "! La vida es una moneda quien la rebusca la tiene!" y "El amor después del amor ".
Cris bostezaba artificialmente, Cobos exigía cambios. Randazzo le señaló que efectivamente estaban haciendo falta una lámpara nueva y el cortinado lateral. El edecán le susurró un chiste. Julio no oyó el remate porque las risotadas de los funcionarios se lo impidieron. Shh, solicitó Cristina, que acá, el caballero tiene algo que decirnos parece. Y el Vice, ilusionado agradeció, sin advertir que a quien se refería ella era a un moreno vestido de gaucho quien entró por detrás guitarra en ristre a pura milonga. ....Delía es De ...De lía, tartamudeó. ¿No estaba fuera de nuestro gobierno?. ¿Nuestro dijo?, se le oyó a Cris. Sí, le contestó un glacial Fernández, pero anima muy bien las reuniones. Un frío de baja presión le corrió por la espalda transpirada al Vice. Besó la medalllita con la cara de San Alfredito De Angelis, santo protector de los Sojeros. El edecán le acercó al oído otro chiste. Entra un tipo a una librería y le pide al empleado Deme el libro "Cómo hacer amigos" pero tráigalo, rápido, !imbécil!". Justo en ese momento arribaron las masitas. La moza tenía un cierto aire a Yiya Murano. El edecán se le adosó de nuevo. Lo palmeó tan sorpresivamente que le hizo escupir el té. Cris le espetó Ay, Julito ¿en su casa no le enseñaron modales?. No tuvo casa, tuvo madriguera entonó el sólido morocho cantor que andaba cerca mientras en la oreja le masticaba con rabia una medialuna. Bueno, va siendo hora de irme, musitó Cobos por lo bajo a la vez que corría la silla para levantarse. Dos ministros estaban a plena pulseada en mangas de camisa festejando el juego, Delia había hecho entrar a la Agrupación Gauchos Descalzos que zapateaban alrededor del mendocino y le tiraban alguna que otra patadita coreográfica, Yiya ofrecía masitas y la Presi, mientras se retocaba la nariz, recibía llamados por sus catorce celulares y ordenaba a sus ministros al grito de !Chicos, saluden que se va la visita!. La empleada gubernamental me narró las últimas postales de aquel encuentro: mientras el mendocino, manchado de té derramado en sus zapatos, salpicado con harina de masitas, sudado de pánico, se retiraba como podía el edecán lo tironeó de la manga asestándole el último chiste. Cobos no le entendió ni quiso oir su final. El funcionario se rascó la cabeza y le comentó a mi espía femenina. Este es un amargo como pocos, deslizando la broma mientras señalaba las espaldas del mendocino y su atropellado éxodo. Llega un hombre a una empresa y le pregunta al portero: Está el jefe? No, se fue a un entierro. ¿Tardará mucho en volver? Supongo que sí, iba en el ataúd.
Afuera garuaba y Cleto se había venido sin paraguas.

Música para la noche


El ciego mira la noche y la puede tocar con su nariz pero decide oprimir las teclas de su acordeón: así llegará más puro y veloz su pensamiento a las estrellas. Lo sabe el bebedor que por un instante ha dejado la botella y dentro de la marea turbia entiende que sucede. Las chatas entran sin hacer demasiado ruido para no romper el paño del dibujo que se está formando: una esquina de ángulo, dos sombras, la luna mal crecida sobre una casita y la música que empieza a caer como si fuese agua deslizándose desde lo alto de una escalera. Hay un enriedo de luz que sorprende al borracho: el trolley que pasa despide constelaciones que parecen chocar con las que ya se estßn asomando y la bocina de un barco se mete en la misma tonalidad de la canción que toca el ciego.

Luego, cuando culmina, ambos bajan la cabeza a la vez, como si el concierto se hubiese dado entre dos y para el planeta entero que es apenas este sur que ya va siendo noche. Estamos en la vereda, bajo un ombú que la ha desfigurado con sus raíces sobresalientes. En el piso, las flores resecas manchan todo. La pelota, ya sin quien la coquetee está en un hueco de tierra del macetón, durmiendo. Arriba, en alguna pieza iluminada suena un piano y el Merceditas, el taxi del viejo Polonio se detiene a la puerta del garaje, como un perro acostumbrado a la cucha. El peluquero tiene colgado fuera un gusano blanquirojo que gira y parece tanto subir como bajar; con las luces, inclinado en ßngulo contra la pared parece que va salirse de su eje en cualquier momento.De pronto se empieza a detener: el dueño ha accionado la perilla de apagado y da comienzo al cierre del negocio. Como en sintonía, alternadamente se escuchan las persianas de los locales que bajan con estrépito de hollín: la panadería, el cerrajero, la zapatería. Es la música de la noche. La del viento que hace estremecer porque recuerda al invierno que ya se ha ido y produce un escozor entre las hojas. Es el altoparlante que debe andar por Montevideo invitando a una función. El ciego llama a alguien, nos llama. ¿Me cambian las chirolas? Y ofrece un tacho forrado en terciopelo que supo ser rojo donde tintinean los centavos. Vamos al kiosco quien recibe el puñado como una ofrenda y a cambio nos alarga dos billetes, azules, gigantescos. Se lo damos. Ni la tentación existe: robarle a un ciego es como matar a un perrito.
Además, lo sabemos, tiene un radar para saber con exactitud cuánto lleva recaudado. El borderó es el puc hero de gallina-, murmura y nos recibe extendiendo la mano. Y se levanta del pilar donde trabaja, silbando empecinado la misma melodía desde siempre. El canto de las sirenas-, dice, enigmático. Y se va; no tiene más que hacer media cuadra para adentrarse en el pasillo, junto a la columna, donde vive su noche eterna junto a su hija, la señorita que enseña piano. Ella debió ser la que se anunció hace un rato tocando, tal vez como una llamada para el padre avisándole que ya es tarde o que está la lista la comida. Llegan las criaturas de la noche: unos destemplados grillos empiezan a hablar desde la espesura y en el aire ya se oyen los siseos cortitos de los murciélagos. Hay un momento, sin embargo, en que no se oye nada, todo penetra en un gran y hondo pozo y si se aguza el oído se pueden escuchar las llaves en las cerraduras del que regresa después del yugo. Es como un juego de mareas; llega de pronto una, poderosa y reemplaza la sumisa para sumergir al aire de audiciones, luego, la calma expectante por donde sobresalen los aleteos de los pajaritos que vuelven a dormir en las alturas, alguna persiana descorriéndose, el grito de un madre llamando al hijo. La música de la noche. No la llamamos así. Le decimos "Eso" o "esto" y todos sabemos de que estamos hablando, creyendo que nadie en el barrio, en el mundo entero se ha percatado de los vaivenes de los sonidos que en si mismo forman una oleada poderosa, sumisa de a ratos, salvaje en otros, imperfecta e impredecible. Y debe ser así: estamos solos en la batiente semioscuridad como pacíficos guerreros luego de la batalla, descansando de una nada que nos ha fatigado porque sabemos que mañana y el otro y el otro día todo será igual o parecido y que la orquesta seguirá tocando bajo la rueda de la luna o la humedad que provenga del cielo. Es lo que reina sobre nuestras cabezas, vuela alrededor nuestro lo que nos maravilla y envuelve y nos trama una dulce fatiga que nos hace disolver a cada uno por su lado, afinando y desafinando con el ruido de nuestros pasos.