Aldo mira el río


Está metido en la noche de perros, hocico bruno al norte desde donde ventea el ruido de la civilización que le llega amortiguado en los chapones del puente cercano que retumban como sobre un tapizado de algodón por el peso de los neumáticos de los camiones rodando indiferentes camino a Santa Clara con fondo de las luces verdosas del puente y los fanales que a cada hora, ostentando que llegan del mar abierto, cursan el trámite del horizonte pidiendo telegráficamente entrada a puerto, a casita que llueve, bajo una llovizna gris, no queremos nadar en lo pútrido del río y quien sabe a expensas de qué monstruosa cosa que se levanta del fondo de estos remansos de pavor que no conocemos, gritan callados los marinos de Africa o de la Rusia que desde sus literas se asoman a ver el porque están detenidos en medio de la nada y perciben solo la orilla que se adivina tras el pantallazo sobre las copas de los arbolitos y la autopista por donde pasan camioncitos de juguete y algunas lucecitas tenues. Una de ellas, es la del almacén-pensión que ahora, justo en este instante es la que se apaga para que Aldo, fumando, mirando por el ventanuco, se vuelva a percibir triste de nuevo. Ignoran que ese hombrecito daría su vida por estarse en alguno de esos barcos, con caracolas en los estantes, una mesa rústica, coñac y barbados compañeros de un truco interminable, mientras se huele la amistad, se habla de cosas añoradas y aconteceres extraños, de las fatigosas enseñanzas y la agradable indiferencia por la espera para entrar al puerto, cortejando el empinado bosque que se adelanta o se levanta allí mismo, cerca de la ribera como un muro y todo no termina de ser porque pesa una nada y la nada se disuelve en un sueño sin vigilia puesto que la llovizna casi no moja y uno puede salir a cubierta a fumarse algo. Aldo lo hace en calzoncillos agarrado a la baranda, tirando el humo hacia abajo, para que suba y busque el orificio cuadrado del patio y se lleve los sinsabores, el malestar de araña que le está picando la barriga y más arriba donde se supone late el corazón, cuando le oprime en algunas de estas noches en que deambula por el pasillo alto.

-Soy un paria, se sorprende pensando. Paria, viene de parir, por ende soy un mal parido, deduce alarmado pero no por ello con la certeza de que hay un error flotante en algún lado de su historial llano que le provoca rebelión y no sabe bien la causa. Le sucede seguido: Está viendo la nada, dejándose llevar de las fatigas cuando le empieza a subir un vapor, un calor que es rabia presa en una jaula y que no sabe como descomprimir. Nunca ha sabido. En movimiento es distinto, se puede uno sacudir, pero en quietud se oye pensar. Recuérdase jugando a la pelota, gritando por un partido de truco o hasta shoteando tenuemente un disparo de casín y aquello le otorga al movimiento un relajado enojo traducido en la concreción de un logro, tapiando la ira de no saber porque se embronca.

Allá lejos suele haber un patio con las baldozas enjabonadas y las piernas de su madre con la escoba odiosa repasando todo; el olor a flit, el padre oscuro llegando para deglutir y dormir la siesta. Con eso solo le alcanza. Un cuadro de soledad, de abismo familiar. -Nadie habló conmigo nunca, se dice, maravillado por el horror. Y la frase es arrolladora, matemática: Un muerto, un pibe muerto se sabe que fue. ¿Dónde? ¿Dónde estuve y quién fui? ¿Cuándo fue que me velaron? ¿Quién me hizo nacer para después ni hablarme? Padres mudos, padres fallecidos, padres sin voz, padres que tendrían que haberse ido antes que el mismo naciera. Padres míos, padre nuestro, amén. Baja la cabeza y entiende que es un sólo un chico solo, al borde de una baranda, mirando pasar barcos como aquel otro, el que veía pasar carros rumbo a la ciudad céntrica y la premonición que debía escaparse escondido en uno de ellos, como ahora que fuma y tira el humo que se arremolina en la bajante de la escalera como antes lo hacía el ollín de la estufa a kerosene entre las batientes de la ventana y él era el negado a salir y ver la vida, solo porque sus padres clausuraban pronto la estancia para oir la radio y el mundo afuera se ponía tormentoso de a poco, era otoño y oía cantar una ronda infantil que lo martirizaba

-El puente va a caer, va a caer....somos lo soldaditos que venimos del Perú...hu,hu,hu. Rondas, juguetes truncos, café con leche, pan con manteca. -Alguien me va ayudar a sacarme este gusano negro que llevo, se dijo sonriente por una vez en la huida,...alguien. Se quedó mirando el río infinito que se hizo un telón oscuro sin él darse cuenta y entonces bostezó y sintió dentro del tumulto de cosas horrorosas algo parecido a la calma de no ser nadie, de no saber nada y de no tener pasado. -Es como andar sin pensamiento, se dijo, como en el tango. Y antes que esa sensación poderosa lo abandonara se metió en la cama del hotel para dormirse acompañado, por fin, de una idea envuelta en algo parecido a la ternura.

Mendiolaza en la noche azul


La noche gira alrededor del bar y lo envuelve hasta depositarlo contra un reservado, de espaldas a la puerta por profesión, enmascarado tras los vidrios viselados: algo que le permite ver sin ser visto. No hay ya cacería, teme que lo confundan con un animal viejo en las pasturas porque la muñeca que ya viene a sentarse en su mesa es delicada y bella, ostentosa y desenfadada, lo que evidencia su edad menor, por más pinturas que se ponga en la cara. Sonríe y es una iluminación. Ante esa certeza Mendiolaza no puede evitar un entrecerrar los ojos para evitar encandilarse. Le sugiere se siente. El mozo atraído como un insecto ante aquella ofrenda a la que no ha dejado de mirar se acerca prontamente sin sacarle los ojos de encima. -?Un coñac del bueno para mí, un jugo para ella y lupas para vos así mirás mejor, ¿te parece? Andá, andá, le dice con un imperceptible girar de dedos. Ella advierte todo pero no entiende. Se queja: -?Yo quería una copa de vino.

-?Sos chica para tomar alcohol.

Lanza una risotada que se atenúa cuando advierte que ha producido un chasquido imprevisto en el aire. Llega el mozo de ceño cerrado. "Mirá -- empieza Mendiolaza--. Yo busqué verte no porque seas hermosa y trabajés de prostituta. No voy a descubrir nada, ni quiero nada de vos".

-?Ya me di cuenta: la otra noche no le gusté.

-?No, todo lo contrario: estabas como para matarme si no te tocaba, pero elegí la muerte, digamos. No me gusta sentirme indigno, ¿se entiende?

El mozo anda por allí cerca, él se interrunpe, luego lo llama y se pone de pie cuando llega.

-?Si no te vas en dos segundos te voy a clavar entre los ojos esta cucharita, ¿estamos? Y da un pequeño empellón con la uña de su índice, como quien empujara una mosca muerta al piso.

-?¿Siempre tan peleador?

-?No me gustan los que escuchan, ni tampoco los que te manejan la vida a vos, ¿entendés adonde voy? Odio a los vivos, a los metidos y a los proxenetas.

"¿Los que?", alarga ella con la pajita en la boca.

-?Nada, te cité para decirte que te cuidés y que tengo algo mejor para vos, un trabajo decente. Ella gira como un girasol en la noche; azul en su vestidito caro, azul los ojos delineados, azul la punta de sus tetitas bajo el corpiño que asoma azul en los breteles. ¿Entonces de modo que así es la vida? ¿La empuñadura falsa de un paraguas para una lluvia que no acaba nunca de caer? ¿Esto? ¿Un raspado corazón de viejo que pretende salvar a la chica y en lugar de caer en la cueva de los malandras a tiro limpio le aconseja como a una virgen y le consigue trabajo? ¿Esto es la vida? Esta quietud exasperante de vigilar la oscura entraña sucia que hace obligarla a desfilar como mascarones de proa en otro desfile de cartón a la belleza para entregarse a viejos inmundos, a malditos hijos de puta que habrán de celebrar por otra cosa después, no por haber pasado en el medio de estas dos piernas y haber rozado la belleza para siempre. La belleza, la belleza. Hay quienes susurran el horror, el horror, antes de morirse y entran también en la belleza. La belleza, el honor, el perfume, la cabriola de la bala que debe buscar el ojo del águila que hace comer carne descompuesta a estas delicias de la vida. ¿Y por qué entonces proteger? ¿Quién soy? ¿Dónde caigo? ¿Dónde mierda caemos todos sin nadie que ponga una red? Mundo hijo de puta, Colorado de mierda, vida, mierda, vida, nada sirve en esta simiente fatigosa. Pero la observa y recompone el gesto.

-?¿Que pensás?, dice ella.

Termina él de hacerlo, vuelve al mundo real y azul que los circunda. Ella bebe; está muy seria. Debería estar en el colegio ahora, uno nocturno y esperarla un novio verdadero a la salida en su moto que los llevaría hacia la casa de extramuros donde ella vive, santamente alegre y un día se habrán de casar. Ella levanta el mentón, le toma el dedo meñique y se lo lleva la boca para besarlo.

-?No hay nada que hacer, mi general: debo mucha plata y mi familia, imagínesela. Es tarde para armar todo de nuevo. El mira lejos por la ventana azul, evita mirarla hacia el azul profundo que emana la figurita preciosa de Klim que se levanta frente a él como un milagro.

-?Además,esta noche también está paga gracias a su amigo. ¿O no se dio cuenta de quién es el director técnico del equipo?

"Colorado, hijo de puta", responde él por dentro. Ella sigue: un equipo grande, muy grande compuesto de chicas muy chicas, ¿caza la onda? Ahora bien: si usted habla, me matan. O lo matan. Déjeme darle solo esto, y le da un besito adormilado a perfume, suave en el medio de los labios. Luego la noche giratoria se la termina llevando afuera, donde desaparece cruzando la calle, subiendo a los techos, hacia la estelita de brillos que deja caer la segunda estrella que se ha animado a salir en esta noche de perros.