La Mary, sacudida por la vida real


Ha sido la esposa de Aldo Zampapiglietta. Está en cuclillas de frente a la ciudad del tercero H, interno, desde donde se puede ver un pedacito inconcluso de ciudad, con sus perreríos en la terraza, las antenas de fierro movidas por el otoño y las luces de las torretas altas con su apariencia engañosa de aeropuerto. Está en perspectiva de espiar todo esto que bien conoce de memoria pero en este momento algo la distrae: se está dejando visitar el trasero por vez primera. Su mentón, producto de la inclinación paulatina ya está reposando en el apoya brazos del sillón que fue verde allá hace tiempo con el casamiento y los días largos con el Aldo y su furia concentrada por no poder escapar de sí mismo. Todo esto lo puede advertir La Mary, porque piensa en ello ahora, mientras siente el empuje que le suena a niebla difusa, como de agrisada está la habitación en el living de su casita magra. Todo es indoloro pues el galán, un cableador de televisores a quien ha tomado como amante hace un mes, se le atrevió, previo consentimiento de ella tras el muestreo de un frasco de Johnson y eso la terminó persuadiendo. Entonces él, un guerrero penetrador de cimientos, paredes, vigas, paneles y chapones lo está haciendo con una tranquilidad de sabedor, mientras percibe con un regocijo que le empieza a retumbar en el pecho que el mentón de la Mary está reluciente de sudor porque ella se está mordiendo los labios pero no hay dolor, mas bien una reconcentración y una expectativa por adivinar cuando va a empezar la conmoción pues así le han contado que sucede y así lo ha entrevisto en su propia carnecita de pimpollo lacerada por los arrestos impropios de su ex esposo, quien en medio de la propia impericia y la natural torpeza de cinco vasos de Royal Comand y una cena intensa, pretendió a los postres imponerle su montura de macho y no logró porque ella se cerraba y porque él, ofendido con el mundo, con su esposa, con su miembro que se había bajado, abandonara el asunto y fuera a la cocina a servirse otro whisky y luego encender el televisor para ver a Racing. Ella, La Mary, sin los chicos en su casa, siente además, el dedo pétreo del Carlos el cableador que la empieza a acariciar por delante y entonces sí, descubre sus tetas en el reflejo del vidrio, siente el olor a sudor y fragancia a Colbert y comprende que no precisaba más que esto para empezar a ser íntegra y conocer lo que significa el culminar. Una noche oblicua, distinta, sin palabras, que se va enderezando según pasan las horas y que comienza a entrar vertical dentro de su ser como si una lanza delicada la tocara en un lugar inadvertido que no pude explicarse ni menos aún situarlo, porque se sabe, las mujeres transcurren una tierra inconclusa donde el olor a cría, la cocina y el detergente amortiguan todos las demás sensaciones y las ganas, sumergidas bajo esta barcaza de hierro pesado como lápida, se hunden en el secaplatos. La Mary, seriecita, oblicua y sensual de caderas bajas, imperfecta como una modelo realista, envuelta en las sábanas cruza el living sin hacer ruido y trae para ambos la botella de whisky que el Aldo abandonó cuando huyera de la madriguera para perderse vaya a saberse en que circuitos de pereza, hastío y depresión que rodean como una maldición al Hombre Separado. El, que ha comprendido que quedarse inerte es la muerte y moverse es la inquietud de lo que sobreviene al deceso. ¿Huir hacia adónde? ¿Con qué armas? ¿Con que convicciones? ¿Con cual dinero? ?-¡Eh, muchachos!, nos grita Aldo, ahora apoyado en el borde como de musgo del casín mientras los demás apenas lo escuchan porque está hablando demasiado fuerte de algo que se debe contar reciamente en voz baja, en confesiones de mesas marrones, con naipes y café filtrado con una caña. No así, despellejado y monstruoso, descarnado de tal forma que da pena, somnolencia y ganas de borrar de un golpe esa figura trágica, un poco bebido contando sobre su pasado de ayer, de acá a la vuelta y encima tener que soportar como se imagina la nueva vida de su ex, a quien todavía quiere pero ya siente que es tarde para todo.

La verdadera María está allí nomás a algunas cuadras, mientras regresa del living y como una jovencita y madre sirve en una tacita de té el whisky que le da en la boca a su hombre, mientras los chicos duermen tranquilos, y ella siente que su casa la cobija y que por primera vez vuelve a tener veinte años y el mundo mañana, cuando claree y el cableador mágico haya desaparecido y los chicos llevados al colegio, la lluvia, esa compañía que había abandonado en medio del caos del matrimonio volverá a ser su amiga.

Pero esto Aldo no lo sabe ni imagina y sigue con la cantinela, mientras afuera ha empezado a garuar y ya nadie, ni el fantasma de su propio cuerpo enmohecido en el espejo, lo escuchan. Pobre Aldo, ya sin nosotros siquiera que hemos vuelto a nuestras casas a guarecernos y el retornará al Hotel San Carlos como un perro a quien cualquiera que pasase puede hasta tirarle una patadita de desprecio, de vergüenza para querer olvidarse de ese dolor en carne viva; pobre Aldo que ha caído de repente y nadie sabe porque lo ha hecho, porque de ser un tipo común se ha mutado en esa forma horrorosa que lleva el nombre de Aldo, el que dejó a La Mary.

Aldo Busca Trabajo


"...Ahí está la bandera chilena que más que ondear una estrella azul parece el resultado de un piedrazo, chilenos facistas que le prestaron las pistas para que se reabastezcan los aviones ingleses en Malvinas; chilenos feos de minas más fuleras todavía, porque no se vuelven a sus chozas y a aprender un curso de cómo hacer mapas sin querer cagarnos, mentirosos, porque no se caen todos al mar..." Aldo está parado frente a la empresa, con un cansancio en los riñones con un odio y un frío milenario hacia esa situación de estarse en la esquina a punto de solicitar el empleo en la empresa que resultó trasandina y que él, movido involuntariamente por el rencor, la oscuridad del miedo a no trabajar y la humillación que representa, se la ha emprendido contra todo lo que le signifique un rencor valedero y le impida pensar en el suyo propio, el de verse vencido de antemano porque hace mucho ya ha puesto en el tablero las fichas y las jugadas erróneas. Flamea junto a la Argentina, allí en el hueco entre el río y la ruta. Aldo ahora la mira pensando en aquello de la energía positiva y hasta la ve linda, prolija y vehemente, una amiga en el desierto que le tiene que dar cobijo. ?-Vamos, se dice y entra en la boca del monstruo. Hay en la entrada un diagrama de acrílico: venitas azules, diagonales rojas, flechas grises, nomenclaturas y túneles. Está en un hormiguero. Y lo están llevando hacia las pupas y posteriormente hacia el encargado mayor de las obreras y los soldados, donde se irá adaptando para recoger y garantizar el insumo de hojas nutricias y habrá de vigilar por ellas a cambio de un jornal flaco
Pasillos de verde agua, fosforescencias en una pista cercana, tambores internos que rebozan un líquido azulado y atravesar lo que parece haber sido una cancha de básquet para ingresar de nuevo a un pasillito con luz del día y allí a cinco metros la salida el molinete donde un guardia, sin mirarlo, le está permitiendo la salida. Ha conseguido el puesto. Ahora debe tener una guarida. -?Habrá hoteles en este pueblo de perros, se pregunta. Y va hacia la parada de micros, de donde descienden cerca de una docena de operarios que rumbean para el portón por donde el acaba de salir. Un olor ondulante pero firme a caliza, a amoníaco, le recuerda su barrio de Refinerías y siente un puntazo leve de angustia. Arriba el cielo se ha cerrado y empieza el torpe atardecer sin matices, sin horizonte, sin vida. El almacén luce oscuro, en esa hora incierta en que las luces aún no se encienden. Aquí mismo, le responde el viejo que atiende a su pregunta acerca de donde poder hospedarse. Separa las cortinas de tiritas de nylon y le muestra un ancho patio tapiado, una escalera gótica y arriba en un pasillo cuatro puertitas de color naranja. -?Elija la que quiera que estan todas vacías. -?¿Tiene baño privado? se escucha decir. Y se siente un idiota. "Este viejo mono no debe saber que es un baño". -?Claro, pues, le contesta. La 3 tiene, pero le va a salir un poco más. No importa, cierra Aldo y extiende los doscientos sobre el mostrador. Al rato, arrollado en la cama matrimonial, no sabiendo si morirse o dormir mientras la televisión le devuelve una novela siente al viejo que en vez de tocar a la puerta parece escarbarla. Suavemente, le susurra
-?Aquí le traigo, amigo. Y Aldo se ve después en aquel espejo rectángulo del cuarto devorando el sanguche y metiendo el hocico en el tazón de café con leche y siente invariablemente que el mundo ha pegado otro giro y ha salido esta bola misteriosa que lo deposita donde está, envuelto en una manta ruana, lejos de todo, comiendo como un cerdo y con unas ganas inmensas de ponerse a llorar hasta que se borre el mundo que lo tiene agarrado desde que se empezó a desplazar en defectuosos territorios donde no existen ni el hogar, ni la familia ni los amigos.
Hay un azul de metileno dentro del iris de los pájaros; el se sienta en una sillita de paja, hace frío pero está bien: siente que bajo la piel le circula algo caliente: la pintura pugna por salir y se estrecha en el cuello del pote. Lo empuja, salta sobre unas mazorcas ya dibujadas y aquello lo enoja. De pronto el cielo se rompe en un gris de hueco, en un gris de comarca volcánica bajo un cielo que él sabe asfixiante y que se denomina el fin del mundo. Lo sabe, toma como puede la pintura que se le cae en el barroso surco de los carros. Está solo y se avecina una tormenta o algo peor: la muerte en pleno graznando bajo la silueta de los cuervos que le empiezan a poblar el cuadro entero. Entonces, ya es Van Gogh fulminado por el desastre; se despierta transpirado, extrañando no al sueño de artista sino que inexplicablemente se le ha diluído la caja de pinturas que le había prometido al hijo mayor la tarde en que se tuvo que ir, de desaparecer de aquella vida con la Mary. Y ahora, ya no sabe que es peor, si continuar, regresar o estrolarse desde un puente. --?No, se dice, bajando de la cama para entrar al bañito helado... Todavía falta, todavía falta. Afuera, sobre la claraboya el cielo se ha puesto azul noche y por el efecto del viselado se asemeja a los cielos del holandés con sus luces y soles nocturnos, girando, girando como girasoles que buscan el mostrador de la noche igual a borrachos en la larguísima noche de los hombres divorciados.