Conde y la ideologia perruna



El asunto lo descubrió Conde, el observador. Recordarlo hoy, que quien suscribe cree administrar poderes mediúmnicos de alumbrar el alma humana narrando y se avergüenza de solo pensar que aquel lo sabía todo es algo ineficaz. Se lamenta de cotejar en qué fatalidad, en qué redondel del mundo se habrá escondido el pibe que nombro al comienzo. Pero este relato no va hablar de él en extenso. No alcanzaría. Apenas de una breve anécdota que lo pinta íntegro. Solo comprobar que en un pliegue de mi memoria desvencijada ha aparecido este oteador de detalles, superior a muchos, solo que, como sucede en los malos teleteatros y en la vida misma, los mejores ni siquiera acompañan, solo desaparecen.

Era Conde un tipo flacucho de mentón salido, aindiado, de ojos grises, bonito y viril de algún modo, feminoide de otro. Ambas cosas combinadas derivaban hacia una recia figura de metedor de mediocampo, prolijidad en la vestimenta y misterio alrededor de su habitat y familia. Solo aparecía, jugaba, dejaba sus enseñanzas de zorro fino, lustroso y bien oliente para luego irse hacia vaya a saberse qué escondida madriguera que, por su ropa y modales habría de ser acomodada sin duda. El nos enseñó aquello de la regla femenina y de los humores cambiantes y que no era conveniente desoir los tambores de la prudencia.

-Las mujeres son por esos días como escorpiones, graficaba en la arena de la plaza.

Luego, que el cigarrillo sin filtro era más sano. El filtro es sintético y trae cáncer, agregaba doctoral echando el humo.

Los gorditos sudan igual que los flacos, pero parecen que huelen peor porque la gente dice que son feos. Las maestras sin hijos son más fáciles de controlar. Es mejor hacerse el turro con nuestras madres y luego sacarles lo que querramos haciéndonos la víctima. Cuando nuestros padres discuten hay que oir sin ser visto: uno se entera que preparan contra uno si fuese el caso. La pija se para no cuando tenemos ganas de cojer: a veces es por gusto a la vida nomás. El que tiene una hermana mejor que vigilarla es descubrirle donde guarda la llave de su diario íntimo. Puto es el que no parece, no el que anda vestido de rosa. Los curas son mantenidos que las viejas alimentan: llevan una vida escondida de lujos. Hay que mentir en confesión, total Dios no está para ocuparse de nosotros. Somos pibes, somos inocentes.

Y así. Derramaba de su copa palabras variadas y múltiples eran sus formas de argumentar. Se enojaba, persuadía y mediaba. No era mayor, pero lo parecía. La tarde de los bolsos y los perros la recuerdo nítida. Estaba Toledo abstraído con la remera sudada y el frío se le estaba cristalizando en los alvéolos.

Tapate, che, que estás a cinco minutos de la neumonía y a escupir sangre, alargó Conde sentado sobre la pelota. Toledo miraba tras él y como siempre que estaba a punto de inquirir se llevó el dedo a su barbilla cortajeada.

Cosa rara con los perros, a algunos les ladran y a otros no. Mirá al Chito. Allí estaba el negro can tras el enrejado suelto de a ratos por una puertita que oficiaba de visillo a voluntad. Todos giramos la cabeza.

Comentario boludo, argumento López que estaba desglosando el tema de unas tetas prodigiosas que decía haber visto por aquella ventana. Todos asintieron, uno chifló. Conde miró a Toledo, luego, en un giro magistral sobre su eje y sobre la pelota quedó enfrentado a todos para proclamar: Tiene razón el amigo, buena observación. Los perros solo ladran a algunos. Lo interrumpí, esta me la sabía. Es por el olor que largamos si les tenemos miedo. Era cosa sabida. Conde asintio. Además, corrigió, hay otra cosa. Los perros son unos reverendos hijos de puta: les ladran más a los pobres que a los ricos. Y ni hablar si el que pasa lleva un bolsito al hombro, un obrero por ejemplo "quiere comérselo". Nos quedamos quietos. Pensando. López susurró el tema de los pechos pero la manada estaba en otra cosa. Por dentro una lucecita creciendo a fogonazos me indicaba que aquello era una verdad transparente. Hagan la prueba, pasen frente al Chito bolso al hombro, renguenado o mal vestidos y se los culea. Pasen con ropa limpia, silbando, sin nada en los hombros y les mueve la cola.Bueno, me tengo que ir y como un diablo desapareció en la noche, taqueando la pelota elegantemente.

Toledo, rozado por el enigma señaló al Chito y solo argumentó por lo bajo.

Los perros son todos antiperonistas